5 Sábados en Madrid

Cinco. Y quedan cinco más aún.

Los sábados en Madrid me quitan horas de sueño, me perjudican a la circulación sanguínea de mis piernas y, a cambio, me ofrecen situaciones sobre las que reflexionar y tiempo para escribir sobre ellas, me dan momentos para disfrutar de un libro sin ninguna distracción, me dan gente nueva y muchas historias que contar.

Sábado 1: Asimilando cambios

De repente, llego a la estación de autobuses Avenida América después de haber estado planificando el comienzo del curso durante casi un mes, y es como si recién entonces cayera en la cuenta de lo que está a punto de comenzar. ¿Por qué me cuesta este cambio?

Entiendo que conseguir incorporar a los planes y a la vida acontecimientos que vienen de fuera sea complicado. Algo que no estaba previsto aparece de repente y nos cuesta adaptarnos, nos cuesta caer en la nueva realidad. Eso sí.

Pero ¿cómo es posible tomar una decisión sobre tu vida, meditarla, prever cambios y consecuencias, y aún así no ser capaces de verlo hasta que lo tenemos encima?

Sábado 2: Ruidos y MÚSICA

Autobús Bilbao destino Madrid sale a la una de la mañana. Cinco horas de viaje en las que suenan los móviles, la gente habla como en el salón de su casa, se ponen a manipular paquetes de papas fritas o galletas -de esos que hacen un ruido capaz de despertar un ogro-, los bebés lloran y las madres les gritan. Mientras, yo me pregunto qué pensará el de la conversación a voces cuando él está intentando dormir y empieza a sonar la alarma de un móvil dos metros más atrás (durante cinco minutos ininterrumpidos). ¿Creerá que es normal? ¿Aceptará sin molestias estos ruidos? ¿O pensará que alguien le está faltando el respeto? Pienso en silencio. Yo sólo quiero dormir.

Madrid me baja la rabia. En la fila para tomar el café la gente que vuelve de fiesta (son las seis de la mañana) me hace reír a carcajadas. Entonces, entre la risa y el café puedo recordar que la semana ha sido complicada y después de dos semanas de no ir a clase, mi cuerpo y especialmente mi mente me lo pedían a gritos. Y es que aunque esté agotada, aunque me duela todo, aunque esté teniendo el peor día, ir a bailar me sana. Allí me encuentro con esa gente maravillosa que me regala sus abrazos y que me hacen reír sin parar y con la felicidad contenida en una palabra: salsa.

Sábado 3: Locos bajitos

Tendrá unos tres años, quizá algo menos. Su madre tiene acento sudamericano, él con su pelo rizado y piel morena, habla cual vasco. Llegamos al aeropuerto, primera parada del autobús. Hay muchas luces y se ve mucho movimiento de gente, es un aeropuerto grande el de Madrid. Antes de que termine de parar el autobús, él se pone de rodillas en el asiento y señalando por la ventana dice sin parar: “¡haaala, halaaa! ¡qué chulo!”. Muero de risa, la madre me mira y se ríe también.

Sale el autobús hacia la capital, y pasamos por una zona donde hay varios aviones enganchados a sus respectivas mangas. Entonces ya, por mucho que la madre intenta contenerlo, él se levanta y alucinando le dice: “Amaaa, eso, eso…, ¡eso es un avión! ¡Hala, cómo mola!”. Ya me ha conquistado para siempre.

sábado 4: sueño profundo

Como en todos los viajes al llegar a Lerma y al aeropuerto, me despierto. Después, me suele costar dormirme otra vez pero esta vez no. Salimos del aeropuerto y caigo en un sueño profundo. Debo llegar al siguiente nivel de relajación.

De casualidad abro un ojo y me doy cuenta que el autobús está quieto. Me sorprende no haber sentido cuando encienden las luces ni haber escuchado al conductor avisar que habíamos llegado. Me enderezo y le pregunto a la chica que está sentada a mi lado a ver si ya habíamos llegado a Avenida América. Me dice que sí. Entonces, comienzo a calzarme y prepararme para bajar del autobús. Me mira y me comenta: pero… ¿te bajas aquí? Yo tranquila aún le digo que sí pero que no pasa nada porque el autobús se suele quedar ahí quince minutos. Ojiplática me mira: ¡Ya han pasado los quince minutos! ¡El autobús está por salir!

Me coloco todo corriendo y voy hacia la puerta -tras agradecerle a la chica- pero el conductor no quiere dejarme salir. Dice que han contado a los pasajeros y que están todos los que siguen camino a Granada. Creo que ve mi cara de pánico al decirle: Pero… mi parada es esta. Así que me mira incrédulo aún y me deja salir.

Bajo aliviada. Dos minutos más y… a ver cómo explico yo que aparecí sin querer en Granada.

Sábado 5: sol y libro

Estamos en noviembre, otoño y cualquiera lo diría. Hay unos 25 grados de temperatura y un sol impresionante. La chaqueta me pesa el doble en la mochila. La plaza Colón, cerca de donde hacemos el curso está repleta de parejas paseando, de niños correteando y jugando y de jóvenes haciendo piruetas con los skate y las bicicletas. Mientras tanto, me siento bajo unos olivos a mirar la gente pasar. Cuando me canso de tan ardua tarea, me pongo a leer un rato.

Falta poco para que salga el bus, así que doy una vuelta caminando por la plaza y me voy.

Pasaron ya las turbulencias del Ecuador. Ahora a seguir aprendiendo y disfrutando del resto del viaje.

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