Desde el estrecho de Magallanes

-Preséntese por favor -solicita el presidente de la junta.

-Buenos días señores. Mi nombre es Javier y comparezco ante ustedes para comunicarles una cuestión que requiere su atención. Primero deseaba agradecerles enormemente que me hayan recibido y se dispongan a escucharme. Como solicitaron ustedes, antes que nada me presentaré.

Lo más importante que deben saber sobre mí es que me enrollo más que las persianas. Que puedo hablar por horas e ir hilando un tema con otro con una habilidad sublime. Tal es así que mis interlocutores no podrán comprender cómo he pasado de estar hablando sobre la comida y acabar hablando sobre el sentido de la vida.

No sé cuántos años tengo. Sé que es una pregunta importante para ustedes. Pero yo no lo sé. Me parece que están ustedes un poco locos -si me permiten la expresión- por querer medirnos en años. Lo que realmente importa es cuánto conseguimos vivir. Cuando es igual de probable que mueras apenas haber nacido o después de haber vivido mucho, como es mi caso y el de mis compañeros, lo importante es qué haces con ese tiempo. Así que… para qué medir cuántos años tengo si no sé -siquiera aproximadamente- cuántos me quedan.

Mi hogar desde que nací se encuentra a dos pasos de la Antártida, como quien dice. Es un lugar difícil para vivir, siempre lo ha sido. Aunque últimamente lo es más. Mis compañeros y yo disfrutamos mucho observando todo lo que ocurre a nuestro alrededor, siempre que tenemos algo de tiempo libre. Que, como se imaginarán, entre buscar comida, limpiarnos, y cuidar de las crías, no es que quede tiempo para mucho.

Desde aquí miramos al Atlántico y al Pacífico por igual. Y ellos suelen contarnos secretos sin darse mucha cuenta. En especial cuando alguno de los dos anda enojado y viene a enfrentarse con el otro. Se encuentran en el medio y se pelean bien feo. Y entonces es cuando nosotros los miramos más. Porque se gritan verdaderas barbaridades. Deberían ustedes verlos. Uno le dice: “Eres un calentón, deja ya de aumentar tu temperatura por nada, ¡¿no ves que nos vas a matar a todos?!” Y el otro ofendido le contesta: “Calla, que ya nadie quiere vivir en ese agua sucia que tienes. ¡Prefieren hasta suicidarse antes que estar ahí!”. Y se gritan por horas y nos cuentan los secretos que nosotros queremos oír.

Y claro, aunque al principio no entendíamos muy bien lo que querían decir, poco a poco nos fuimos dando cuenta que encontrar comida era cada vez más complicado. Que cuando entrábamos en el agua ya no hacía tanto frío. Y que algunas veces encontrábamos a alguno de nuestros compañeros tirado en la orilla, ahogado o herido por la basura. Entonces, empezamos a atar cabos.

Nos juntamos durante varios meses, todos los días, a mirar el sol ponerse. Y aprovechábamos a charlar y pensar cómo podríamos actuar, para poder solucionar estos problemas. Hasta que una tarde se nos ocurrió elegir a alguien para que acudiera a contarles a ustedes lo que ocurre. Pensamos que seguramente ustedes desconocen esto que ocurre, porque es más difícil para ustedes escuchar a los océanos hablar como lo hacemos nosotros. Pero también acudimos a ustedes porque sabemos que son seres inteligentes, los hemos oído decirlo. Y pensamos, con lo pobre y limitado que es nuestro pensamiento, que el de ustedes podría salvarnos a todos de la catástrofe.

No sabemos cómo solucionarlo, pero confiamos plenamente en su buen juicio. Muchas gracias.

-¿Y qué ganamos nosotros ayudando? -pregunta un miembro de la junta.

-No lo sé, señores. Pienso que ustedes sabrán sacarle partido a esta actuación solidaria -le contesta Javier.

-¿Qué propone que hagamos al respecto señor presidente de la junta?

-Pegadle un tiro al maldito pajarraco. Y así se acabarán todas las complicaciones.

¡PUM!

#79

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Este post pertenece al proyecto de las 100 ideas de Keri Smith. Todas las entradas de este proyecto se encuentran aquí.
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