Nos fuimos al quinto pino (1)

Cambio de planes a último momento, escapando del mal tiempo… como siempre. Es lo que implica vivir en el País Vasco, que siempre hay que vivir pendiente del tiempo, incluso en verano. Así, desechamos la visita a los Picos de Europa, que teníamos pendiente dese hacía rato (incluso está apuntado en nuestra lista de lugares pendientes de visitar). Y, en cambio, nos fuimos al quinto pinto.

El plan era llegar en etapas, porque E. había tenido la peor semana de trabajo y no quería que tuviera que conducir demasiado tiempo. Así que le propuse detenernos en Haro a pasar la primera noche. E. me recordó que ahí es donde él pasó muchos veranos en su infancia, en un camping con la familia de su mejor amigo. Decidimos que sería un buen lugar para pasar la noche. Y no nos equivocamos.

Montamos la tienda de campaña por primera vez, cenamos unos sándwich de chorizo y fuimos a dar una vuelta. A disfrutar del atardecer que se avecinaba. Nos acercamos al río que pasa al lado del camping y metí mis pies. El agua helada después de un día de mucho calor hizo circular mi sangre, haciéndome sentir más viva. El sol escondiéndose teñía el cielo, haciéndome sentir en armonía.

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Después fuimos a tomar una cerveza. Estaba riquísima. Aunque mi cuerpo ya se encargó a la mañana siguiente de hacerme entender que a él no le había gustado tanto ni la cerveza ni el sándwich de chorizo. Una migraña de las gordas.

Pasamos una noche de perros. Yo con la migraña gestándose, la mitad de la noche con frío porque pensábamos que hacía demasiado calor para los sacos y al final resultó que no… Y E. que no encontraba postura porque no tenía almohada. Él se despertaba incómodo y empezaba a moverse intentando encontrar postura. Y entonces yo, que justo en ese momento estaba empezando a quedarme dormida, me despertaba. Él se acomodaba. Pero entonces yo estaba despierta y no me podía quedar dormida. Así que daba vueltas un rato y cuando ya estaba a punto de entrar en el sueño profundo, él otra vez se despertaba por mi culpa (y la falta de almohada) para empezar otra vez. Toda la noche haciendo la danza del no-dormir.

Una maravilla. Despertamos doloridos, dormidos, cansados… Pero relativamente temprano volvimos a emprender nuestro camino. Ahora sí que íbamos al quinto pino.

La ruta era sinuosa y larga. En el camino nos encontramos con unos paisajes interesantes.

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Y también pasamos por algunos pueblos muy curiosos. Y nos divertimos imaginando historias. El primero que nos encontramos fue Panzares. Creemos que es un pueblo donde todo el mundo tiene mucha panza. Probablemente hacen lo que sea para conseguir una. Se lo comen todo. De hecho, pensamos que engañan a los turistas que pasan con unas casas de piedra muy bonitas para que uno se detenga y, cuando menos se lo espera, le salen cuatro (o cinco, según el caso) panzones -o panzoneses- para atacarlo y acabar cocinándolo a la brasa. Imaginamos después el ritual: el cuerpo del turista en el centro de la plaza y todos los panzones danzando alrededor al son de un bolero español.

El siguiente pueblo es donde toda la gente sumamente inteligente va a vivir. Está escondido porque no quieren que les encuentren. Por eso casi no hay señales. Se juntarán, imagino, en las esquinas del pueblo a discutir sobre los asuntos de más alta importancia para el mundo como la economía sustentable, el cambio climático, el poder de los bancos y las influencias políticas, la física cuántica y la astronomía, los problemas sociales, la desigualdad y el hambre en el mundo. Por nombrar algunos. Y después de discutir en las esquinas, se juntan en los bares para darle solución. La mitad de los misterios sin resolver, aquí son un 2+2. Es que en Lumbreras cualquier cosa puede pasar.

Después de encontrarnos con estos pueblos, teníamos el plan de pasar por Soria capital. Pero de repente nos dio miedo de contagiarnos de psoriasis. Así que al final no fuimos nada.

En el camino nos topamos con el Embalse de Pajares. Paramos a estirarnos y disfrutar del paisaje.

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A donde sí fuimos es hacia Laguna Negra. Era el primer lugar de la lista. Nos costó llegar un buen rato. Por eso, para cuando conseguimos aparcar el coche ya era la hora de comer. Nos zampamos unos sándwiches. Queríamos salir cuanto antes, pero no podíamos, no nos daban las fuerzas… Así que esterilla al suelo y a dormir una mini-siesta para recuperar fuerzas. Yo no conseguí dormirme, pero la esterilla se vengó de mi por aplastarla (supongo) y me dejó una marca enorme en la cara, que al principio parecían unas flores –quedaban hasta lindas- pero después acabaron convirtiéndose es una especie de várices en la cara.

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Después de eso, emprendimos el camino que sabíamos que era cortito, pero no imaginábamos que estuviera tan humanizado. Todo el trayecto estaba asfaltado e incluso había un autobús que subía a cada rato para la gente que no quería caminar. Nosotros caminamos, para disfrutar del camino, por hacer ejercicio y porque no hay mejor forma de conocer que a pata.

Llegamos a la Laguna Negra. Era difícil decidirse por las sensaciones. El paisaje era precioso, la laguna siniestra y la vegetación alrededor colaboraba a la imagen.

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Pero una pasarela de madera y el conjunto de montones de personas paseándose, me generaban bastante rechazo. No es que solamente desee visitar aquello desconocido, pero un Parque Natural tan concurrido y humanizado no es lo que esperaba.

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Alrededor de esta laguna se cuentan varias leyendas para explicar su origen. De todas las que leí, la que más me gustó contaba la historia de un pastor que se enamoró de una bella doncella de ojos verdes y mirada profunda. Y ella le correspondía. Sus encuentros eran breves, intensos, fugaces. Pero la familia de ella ya le había conseguido un marido con dinero, y no querían que se viera con el pastor. Por eso, un día buscaron un lugar en la profundidad del agua donde pudieran amarse eternamente. Ella lloró y de sus ojos brotó una laguna verde  y de la profundidad de su mirada nació la laguna negra, que refleja su eterna felicidad.

Lo cierto es que hace 2 millones de años esta laguna se encontraba dentro de un glaciar. El hielo cubría todo el paisaje que se ve y aún podemos observar señales de que éste estuvo aquí. Por ejemplo, se pueden ver unos enormes bloques de piedra que llegaron hasta donde están arrastrados por la fuerza del glaciar. 

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El tiempo estaba raro. De repente caían unas gotas, después paraba. Y volvía a empezar otra vez. La danza de la llovizna.

Aunque veíamos a toda la gente volviendo, nosotros decidimos adentrarnos en ese camino desde donde ellos venían para explorar un poco más. Ver hasta dónde podíamos llegar sin terminar encharcados.

El camino estaba escondido entre árboles.

P1020354Empezamos a subir y las vistas de la laguna se iban haciendo cada vez más espectaculares.

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Arriba, el paisaje era completamente diferente. Los bosques de pino y haya que nos venían acompañando desde el inicio del camino hasta la laguna se transformaron en una llanura, con pinos desperdigados y muchos arbustos bajitos.

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También estaba repleto de arándanos y de unas flores rosas muy hermosas.

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El tiempo seguía raro, hasta tuvimos que refugiarnos bajo un pino durante un rato porque cayó un chaparrón. Pero al menos queríamos llegar a la Laguna Helada. 

Y lo conseguimos.

Junto a la laguna un grupo de caballos que probablemente pertenecían a alguien pero que andaban libres por ahí.

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De repente, un potro que estaba al otro lado de la laguna se puso a galopar y relinchar llamando a su madre para que le siguiera. Todo un espectáculo.

Al galope

Al galope

El potro con su madre

El potro con su madre

Descansamos un poco y decidimos volver. Con pena de no haber podido llegar al Pico de Urbión, donde nace el río Duero. 

Al llegar al coche, se largó a llover muy fuerte. Y agradecimos haber decidido volver.

Tomamos rumbo hacia el Parque Natural del Cañón del Río Lobos que visitaríamos al día siguiente. En el camino encontramos un lugar donde acampar, nos dimos un baño en la piscina y nos regalamos una cena rica para recuperar fuerzas.

Nos acostamos con el aroma fresco de los tantísimos pinos que nos rodeaban. 

Esperando unas buenas noches y hasta mañana. A dormir.

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Un comentario en “Nos fuimos al quinto pino (1)

  1. Te entiendo tanto cuando dices “la danza del no-dormir”. Fui scout muchos años, y además, me encanta acampar. Siempre la primera noche es la peor. Luego tomas las medidas necesarias para sobrevivir mejor y el cansancio hace el resto. La última vez que acampé, recuerdo que sentí los años en mi cuerpo (¡y eso que aún no entro a los 30!) y también los “dolores de cadera” de los que tanto me habla la gente. De todas maneras, sigo amando acampar.

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