Viajera en mi ciudad

La llamada que lo cambió todo llegó cuando estaba saliendo de casa, bajando las escaleras, rumbo a Bilbao para encontrarme con K. y posiblemente pasear sin rumbo bajo el cielo gris. Cuando K. me llamó diciéndome a ver si se me ocurría alguna otra cosa que podríamos hacer, me vino instantáneamente a la cabeza un lugar del que había oído hablar pero que aún no había sacado el tiempo para visitar: Masustegi. Un lugar que pertenece a Bilbao y se encuentra a dos pasos, pero que sin quererlo -o quizá si- es una isla.

Llegué a Bilbao y con la ayuda del GPS del móvil fuimos acercándonos a nuestro destino. La primera parte del trayecto transcurrió de forma normal: nosotras dos caminando, charlando y riendo. A medida que empezábamos a acercarnos las cosas iban cambiando. Dejamos atrás las calles bulliciosas del centro para adentrarnos en la tranquilidad de las afueras. Menos gente en las calles, menos ruido de coches. Seguíamos avanzando y cada vez más la gente con la que nos cruzábamos nos empezaba a mirar detenidamente, observándonos, dándose cuenta que ese no era nuestro hábitat natural.

Llegamos a un punto donde tuvimos que preguntar. Y ahí nos dimos cuenta de lo que todos pensaban. Dos chicas solas caminando por ahí, una de ellas con el pelo rubio y los ojazos azules -evidentemente, no era yo-. La conclusión instantánea de todos: íbamos al BBK Live. Éste es un festival de música que trae a muchísima gente de todas partes del mundo y que, casualmente, se encuentra a dos pasos de donde íbamos nosotras realmente.

Empezamos a transitar las calles de Masustegi lentamente, deteniéndonos a observar la composición de ese barrio con un origen tan curioso.  P1010898

Estos terrenos pertenecían originariamente a Miguel de la Vía, un industrial minero. En los años 60 y 70, hubo una gran afluencia de gallegos hacia esta zona que venían en busca de trabajo y acabaron asentándose en distintos barrios, entre ellos Masustegi. La forma en la que las casas fueron construyéndose es una de las cosas que encuentro más curiosas. Durante la dictadura franquista existía un vacío legal en relación a la construcción de casas por el que no se podía derribar una construcción que tuviese tejado. Así, después de jornadas larguísimas de trabajo, se juntaban hermanos, padres, primos, tíos, vecinos al anochecer para levantar las casas. A la mañana siguiente, cuando aparecía la Guardia Civil, la casa ya poseía un tejado y entonces no podían tirarla abajo.

Era como si nos hubiésemos teletransportado a otro país. Nada se parecía a Bilbao, ni a ningún pueblo de los alrededores. Las casas con un estilo totalmente diferente, parecía que las habían tirado desde el cielo para plantarlas sobre la ladera del monte Caramelo. Que, por cierto, ¡qué nombre más lindo!

Subimos por una de las calles, dejando que el azar guiase nuestros pasos. Y éste nos llevó a un lugar especial. Pasamos junto a un grupo de gente vestidos como para las fiestas de San Fermín que nos invitaron a unirnos a su celebración y nos animaron a que les sacásemos fotos. Dentro del txoko donde se habían reunido este grupo de amigos había un maniquí vestido de torero.

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K. “vestida” de torero

Seguimos camino, rumbo a la parte más alta del barrio. Queríamos investigar, queríamos sorprendernos. Lo primero que encontramos fue un bar, con su terraza completamente vacía.

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Después de haber pasado por aquí, la gente empezó a interaccionar con nosotras. Pienso que fue una combinación de muchas cosas como que éramos dos chicas jóvenes solas y pensaban que íbamos al BBK Live. Aparte de esas circunstancias, creo que de por sí la gente aquí es distinta. Todos intentaban ayudarnos, indicándonos hacia dónde quedaba el festival, incluso los niños que nos encontramos jugando al fútbol en un espacio libre que había en el medio de todas las casas.

Nos encontramos con lugares como estos:

Y una casa que nos enamoró. Muy bien cuidada -que contrastaba con otras- y con su patio lleno de plantas y flores.

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Después de pasar por aquí vimos otras flores que nos llamaron la atención:

Y también había muchos gatos.

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Y un perro.

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Pero lo que llamaba la atención era la gente. Ojalá mi memoria fuera mejor y pudiera recordar exactamente las conversaciones que mantuvimos con todos los que nos cruzamos.

La primer persona que nos encontramos nos indicó hacia dónde teníamos que ir para ver un poco mejor el barrio. Después pasamos al lado de unos niños que nos preguntaron a dónde íbamos, con la intención de indicarnos el camino. Nos detuvimos para decidir hacia dónde seguir, y al darme la vuelta me encontré con un chico que iba a la misma clase que yo en la universidad. Él y sus amigos sí que iban al BBK Live.

Seguimos camino y pasamos por al lado de una casa que tenía unas macetas con flores muy lindas colgadas de un balcón. Iba a sacarles una foto, pero justo se asomó al balcón un señor que tendría unos 75 años. Me dio vergüenza sacar la foto con él ahí mirándome. Pero entonces, se puso a hablarnos.

-Vais mal -dijo todo convencido.

-No, no vamos al BBK, estamos paseando por aquí -le respondí. Creo que no me escuchó o simplemente ignoró lo que le dije porque entonces volvió a la carga.

-El ruido queda para el otro lado.

-Es que… no vamos a donde está el ruido.

-¡¿Cómo que no?! -dijo en tono de sorpresa.- ¡Con lo jóvenes que sois! ¡Esta juventud de hoy en día…! Si yo tuviera vuestra edad, ahí estaría yo… -y terminó su frase riéndose y haciendo un gesto con la mano. “No tenéis solución” creo que quiso decir.

Unos metros más adelante una señora mayor desde una casa que estaba un poco elevada nos saludó. Le preguntamos si nos contaba la historia del barrio, pero nos dijo que estaba ocupada doblando la ropa y que no podía hablar en ese momento. Y nos saludó con la mano otra vez mientras nos alejábamos.

Llegamos entonces a la parte más alta del barrio, a la carretera a donde llegan los autobuses. Las vistas eran increíbles.

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Caminamos rodeando el barrio por arriba, disfrutando de las vistas. Llegamos hasta la iglesia, desde donde se apreciaba el contraste entre Bilbao y Masustegi.

P1010937_cr1234Encontramos el modo de empezar a bajar con la idea de volver a la fiesta de San Fermín. Nos cruzamos con varias personas que nos saludaron. También nosotras empezamos a saludar, antes de que ellos lo hicieran. ¡Cómo que se contagian las cosas buenas! No sé K., pero yo por lo menos me sentía incluso un poco abrumada por tanta generosidad y cariño de estos desconocidos.

Unos niños jugaban en la calle, tres niñas y dos niños. Una de ellas estaba repartiendo los platos para todos y otra estaba controlando las “comiditas” que tenían guardadas. Parecía que iban a empezar a comer en cualquier momento. Así que les pedí si me daban un poco a mí.

-¡No! -gritaron las tres a la vez que ellos decían: ¡Si!

Reí. Les dije a ellos, que muchas gracias por compartir conmigo. Entonces uno de ellos me dijo:

-40 euros -dándome a entender que era lo que tenía que pagar por el plato de comida.

-Pero ¿cómo? -le dije riéndome y haciéndome la sorprendida. El segundo se envalentonó.

-¡50 euros! -dijo fuerte.

K. y yo nos alejamos riéndonos.

Después de haber dado una vuelta gigante, llegamos a la fiesta. Nos recibieron como si fuéramos conocidas de toda la vida. Varias personas nos ofrecieron algo de beber e incluso de comer. Ambas aceptamos un vaso de agua, porque hacía mucho calor -a pesar del cielo gris plomizo.

Les dijimos que queríamos bailar salsa. Y pusieron música para bailar ellos y nosotras. Yo bailé de chico con una de ellas. ¡Qué divertido! Después charlamos un rato y nos sacamos fotos. Esta soy yo aprendiendo a usar el temporizador y K. ondeando una Ikurrina (bandera de Euskal Herria) con el resto del grupo.

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Ellos nos recomendaron que aunque no pudiéramos entrar al BBK Live, subiéramos hasta allí para mirar los paisajes. Y les hicimos caso. Queríamos ver si podíamos escuchar algo de música, esa noche tocaba Muse. Esto último no lo conseguimos. Pero eso sí, Bilbao se veía espléndido desde aquí.

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Empezamos a volver, con la intención de regresar a casa por donde habíamos venido, bajando a Masustegi. Ya estábamos retomando el camino cuando de repente, a lo lejos, divisamos a nuestros amigos San Fermineros. Bueno, bueno. Querían intentar colarse a los conciertos. Y pensaban dar la vuelta al recinto para ver si había alguna forma de hacerlo. Nosotras no pensamos que fuera posible, pero ¿y si…? Total, ya estábamos ahí al lado. Así de al lado estábamos.

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Empezamos a rodear el recinto todos juntos. Seguíamos conversando y también observando a la gente. Había muchísima gente joven, pero también había algunos que no lo eran ya tanto. Gente de todos los estilos, con aspecto muy diferente entre sí. Me fascina observar la diversidad de elecciones de las personas e imaginar qué historia habrá detrás -aunque después quizá no exista ninguna…

Y entonces nos topamos con la última sorpresa del lugar. Al andar un poco más y alejarnos de la gente, nos colocamos en otra orientación del monte… y nos encontramos con esto.

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Pareciera que está a muchos kilómetros de la ciudad y, sin embargo, estábamos a dos pasos.

Después volvimos en autobús, a pie, autobús y a pie otra vez hasta llegar a casa. La última sorpresa del lugar fue aquel hermoso paisaje al lado de Bilbao, pero la alegría fue mucho mayor con la última sorpresa del día.

Después de haber caminado, conversado, bailado y sacado muchas fotos, cuando llegamos a casa a las nueve y media de la noche, estábamos con un hambre de mil demonios. Así que encontrar que E. nos había dejado preparado cuatro rollitos de sushi para nosotras dos solas, fue lo que le puso la guinda final a un día ESPEcTACULAR.

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