Pelos, láser y cómo explicar a mis hij@s a quererse como son

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Este año mi madre me ha hecho un regalo sin igual. Me ha regalado dinero y me ha obligado a ir a hacerme la depilación láser. Digo que me ha obligado porque sabe que si fuera por mí, ese dinero antes iba invertido en viajar que en depilación láser. O eso pensaba yo hasta que lo he probado.

Mis memorias traumáticas con los pelos se remontan hasta muy atrás. Desde que tengo uso de razón me han llamado diferentes nombres a causa de ellos, cactus es el que más recuerdo porque hasta me llegaba a hacer un poco de gracia. Lo que no me hizo ninguna gracia es cuando estaba en quinto de E.G.B y el chico que me gustaba –dos años mayor que yo- me dijo en el comedor, en frente de todos, que lo que pasaba es que yo antes era un hombre pero “me habían cortado los huevos”. En ese entonces no entendía siquiera todas las posibles implicaciones de lo que esa frase significaba, no entendía que eso podía ser la realidad de alguna persona. Pero supe que me dolía. Todos se reían a carcajadas y yo no sabía reaccionar a nada.

Tuve que esperar pacientemente (o impacientemente, en realidad) hasta que me bajara la regla para poder depilarme por primera vez. Descubrí que bajo esa mata de pelos había pecas que no sabía que estaban. Pensé que entonces se había acabado todo mi sufrimiento, pensé que unos tirones al mes y ya nadie volvería a reírse de mí.

No me llames ilusa porque tenga una ilusión.

En el colegio ya no tuve la necesidad de subirme los calcetines hasta por encima de las rodillas para que no se vieran los pelos danzando al viento por debajo de los shorts del uniforme obligatorio. Es cierto. Pero ¿cuántas veces la cita para depilarme era la semana siguiente y el plan para ir a la playa mañana? ¿Y entonces qué?

¡Mis pelos se han cargado tantos planes! ¡Tantos veranos!

En algún momento me rebelé contra la cera. ¡Basta ya! Como si eso fuera suficiente. Y decidí que la cuchilla iba a salvarme de no perderme ya más planes. Pero los pelos, aún así, me privaron de días de disfrute. Me quitaron de ponerme faldas o shorts o vestiditos cortos.

Después más años tuvieron que pasar para que poco a poco me fuese dando cuenta de que no hay nada en mi de lo que tenga que avergonzarme. Mi cuerpo no es como el de las revistas, porque no lo es el de nadie o el de casi nadie. Y tampoco lo quiero. Mi cuerpo es real. Tiene sus marcas y sus cicatrices de haber vivido ciertas historias. No quiero Photoshop que lo borre.

No digo que ya haya alcanzado la paz total con mis pelos, pero poco a poco había ido consiguiendo una armonía no demasiado problemática. Nos tolerábamos más o menos bien. Yo de vez en cuando los atacaba con la cuchilla, ellos se dejaban hacer y salían nuevamente a molestar al de un tiempito. Ahora, después de unas pocas sesiones de láser, he iniciado una dura guerra contra ellos. Es evidente que yo estoy ganando en el terreno de juego: parece que se ha terminado la piel áspera y los pelos negros y duros de todos los días, la lucha diaria con la cuchilla, los cortes y la sangre por doquier. Sin embargo, ellos van librando su propia batalla donde más me duele, que es en mi cabeza.

¿Cómo explicaré a mis hij@s que deben quererse como son, si su propia madre ha hecho algo para cambiar cómo es porque no le gusta? Pienso en miles de explicaciones que podría darles y no hay una que me acabe de convencer. Porque no hay ninguna que sea real. La realidad es que había una cosa que no me gustaba y la he cambiado. ¿Cuál es la diferencia entre esto y una cirugía estética? ¿Cuál es la línea de división entre lo que es aceptable y lo que no? Mi mundo blanco y negro de antes cada vez se va volviendo más en millones de tonalidades de grises. Sigue habiendo cosas en las que uno no puede ser transigente, en esto no lo sé.

Yo me lo sigo preguntando, mientras cruzo una suave pierna sobre la otra.

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