La otra cara de la moneda

523479_10151051195708303_1072707176_nHasta ahora he sido yo siempre la que se va. Me encanta irme. Tanto, que ya me fui dos veces. No una, sino dos. Cuando me fui por primera vez por un tiempo largo ocurrió por una casualidad. A pesar de que lo deseaba inmensamente, no me terminaba de atrever a tomar el paso. Pero las cosas se dieron, y al final terminé solicitando la beca aquella que cambió definitivamente el rumbo de mi vida.

Intentar resumir en unas cuantas líneas o en unos cuantos párrafos todo lo que sucedió y todo lo que aquel año generó en mí, sería imposible. Me faltarían siempre cosas, no sería para nada precisa y probablemente sería injusta con muchas experiencias importantes que debería dejarme en el tintero. Así que no es eso lo que pretendo.

Pero si tuviera que decir algo podría decir que lo que pasa normalmente cuando esperas algo con muchas ganas, es que pasa demasiado rápido. Esperas el día de tu cumpleaños, el día de Año Nuevo, un concierto de tu banda favorita, las dos semanas de viaje por -rellena con tu destino más deseado-… etcétera, etcétera. Pero todas estas cosas pasan rápido. Normalmente, para cuando te has dado cuenta, ya se fue. Sin embargo, irme de intercambio para mí supuso despertarme cada día sabiendo que vivía mi sueño. Un montón de sensaciones que traen las experiencias extraordinarias como son los sueños pero vividas lentamente, sentidas de verdad, pudiendo ser analizadas y disfrutadas. La amistad más fuerte, la soledad más profunda, la alegría más certera, las lloreras más tristes, las charlas más profundas. Todo es más fuerte.

La primera experiencia fue muy rica y volví a irme. Yo soy la que me voy…  Me conozco bastante bien esta cara de la moneda.

Ahora es ella la que se va. De hecho, la que se fue. ¡Y las sensaciones son todas nuevas!

Lo bueno de esta otra cara de la moneda es que aunque no se siente para nada parecido, no se siente para nada lo contrario.

Cuando supe que yo me iba de intercambio por primera vez simplemente no sentí nada, porque no era consciente en lo más mínimo de lo que me esperaba. Por ella… no sabría siquiera por dónde empezar. Mi pecho se me hinchó de orgullo: mi pequeña consiguió la beca con su esfuerzo, con su trabajo, con su saber hacer las cosas. Pero sobre todas las demás cosas, se me hundieron los ojos de alegría y emoción, porque ahora sí que sabía lo que había esperándole.

Cuando yo me fui lloré porque estaba confundida, no entendía lo que sentía, se me agolpaban las ganas de ir hacia la aventura y el inmenso miedo a lo desconocido. Por ella… me contuve para no avergonzarla en el aeropuerto. Lloré en casa a la vuelta, cuando ya estaba sola. Lloré porque en estos tres meses se me va mi mejor amiga y consejera. La persona a la que le puedo contar todo y la que sé que me va a decir las verdades más duras porque quiere que esté bien. La que me hace reír a carcajadas y llorar a mares.

Aquí la vida sigue tal cual. Voy a trabajar y vuelvo, como y ceno, bailo y río y lloro (soy llorona). Pero se nota que ella no está. Podría agarrar el móvil y escribirle un mensaje como antes para decirle cualquier tontería, pero sé que sus días no son como los míos.

Esta es la otra cara de la moneda. Nuevas experiencias para mi colección.

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